Canciones para sordos, discos para muertos

Melomanía

La música siempre fue costosa. Esa dificultad en el acceso la hacía, de alguna forma, riesgosa y emocionante. Independientemente de lo usurera que haya sido durante décadas la industria de la música – y lo ciega frente a los avances tecnológicos – extraño esa cualidad que teníamos algunos de encontrar los mejores discos para mostrárselos primero a los amigos.

Creo que parte de la obsesión que muchos tenemos con los discos, sean ellos compactos o vinilos, es la manera como los obtuvimos y los resultados que generaban en aquellas personas que tenemos más cerca. Los amigos, más que todo.

Pueden llamarlo esnobismo o fetichismo, pero en eso consistía la melomanía en otros tiempos: en quién tenía qué y qué tan difícil era encontrarlo. Ese pequeño poder informativo, vinculado al esfuerzo que todos teníamos que hacer en algún momento para conseguir nuestras colecciones hace parte de la magia de ser melómano.

Hoy en día no es tan emocionante la música. Se ha perdido la capacidad de asombro ante esas cosas difíciles de encontrar, simplemente porque están más cerca, tan posibles, tan poco difíciles. Mis grandes amigos y yo siempre compartíamos nuestros ‘hallazgos arqueológicos’ musicales, en una especie de competencia. Y cómo no, si nos costaba conseguirlo. Recuerdo, por ejemplo, cuando conocí a Queens Of The Age con su “Song for the Deaf”. Para nada fue de mi gusto, pero años más tarde, eso que oí entró en mi cabeza y empezó a golpear. Me volví un fan más y llegué a su homónimo. Y esas sonoridades de un rock potente, directo, desértico, que emergían de los parlantes se volvían cada vez más excitantes que, vinculado a la dificultad que representaba conseguir ese disco en su momento, era fascinante. Por eso, no podía creer cuando lo vi tras una vitrina en una desaparecida tienda de Providencia. Era un cedé usado, en una edición con los títulos traducidos al español, pero tenerlo en mis manos completaba el círculo de la satisfacción. Eso, creo, también es parte de la búsqueda de la melodía perfecta.

Hoy en día la competencia consiste en tener muchos archivos de audio bajados de un torrent o link de rapidshare. Yo caí en eso, pero ese cuento de esperar a que baje un dato que se convierte en música y que luego no suena como uno espera, mata toda la pasión. No hay sorpresa, no hay un gran esfuerzo. Y de tanto mp3, de tanta información, de tanto MySpace, ya no sólo se perdió esa costumbre de tener el arte en tus manos, ver letras, ilustraciones, agradecimientos; sino también, el romántico placer de escuchar álbumes completos…

La inmediatez de la información está impidiendo volver a lo teológico y  ritual de la música. Si bien comparto con muchas personas el placer de conversar y escuchar música, no sé qué tanto de ese proceso de alucinamiento que gestaba escuchar un disco entero se mantiene vigente en nuestra época. Creo que poco.

Octavio Paz decía sobre las drogas en el prólogo a “Las Enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castaneda que:

“Las drogas, las prácticas ascéticas y los ejercicios de meditación no son fines sino medios. Si el medio se vuelve fin, se convierte en agente de destrucción. El resultado no es la liberación interior sino la esclavitud, la locura y no la sabiduría; la degradación y no la visión. Esto es lo que ha ocurrido en los últimos años. Las drogas alucinógenas se han vuelto potencias destructivas porque han sido arrancadas de su contexto teológico y ritual. Lo primero les daba sentido, trascendencia; lo segundo, al introducir períodos de abstinencia y de uso, minimizaba los trastornos psíquicos y fisiológicos”

Pensando la música como una especie de manifestación de lo divino que todo ser humano posee dentro de sí, hay que decir que el disco era, en otras épocas, esa droga, ese alucinógeno del que habla el texto. Hoy en día el disco ha quedado en el pasado, empujado hacia allá por bits y bites, por teras y gigas de canción tras canción tras canción.

Los hábitos para escuchar música cambiaron: ya no se reproducen en costosos equipos de sonido como antes, sino en pequeños audífonos enchufados a cómodos iPods, computadores personales o tabletas. Los hábitos de consumo actuales, producidos en la era de la información, gestan una forma distinta de consumir y oír música. Los servicios de streaming – como Grooveshark – nos dieron la falsa promesa de estar oyendo lo que queríamos, cuando en realidad siempre terminamos oyendo lo que necesitábamos.

Extraño esas épocas de los discos. Me he vuelto viejo. El mercado no da para comprar cosas fascinantes, por lo menos no como antes. Me gustaba cuando no tenía plata pero tener el disco primero que todo el mundo (o pensar eso al menos) era la gran meta.

Pero no hay problema. Aún quedan los momentos de quietud tarde en la noche en los que, en línea o “a la antigua”, termino el día oyendo discos hasta altas horas de la noche, tal vez no como lo hacía antes, pero sí concentrado en varias ocasiones en las cosas que pasaban de mi computador o sistema de sonido a mis oídos, desde el éter hacia mi circulación sanguínea. Puedo decir que, aún, no se me ha olvidado escuchar.

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Acerca de cesartudela

Melómano, subversivo, bullanguero, altruista, bielsista
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2 Respuestas a Canciones para sordos, discos para muertos

  1. miguelarq dijo:

    buen post.
    pero, creo que la esencia musical no cambia, la forma cambia, no el fondo, visto desde otro punto de vista, el de los conciertos. existe la extraña idea (extraña si lo empiezas a mirar con frialdad y con lógica) de que perderse un concierto es lo peor de la vida, dado el bombardeo mediático de los megafestivales y conciertos por montones desde un tiempo a la fecha. más extraño es aun cuando aún existiendo esta avalancha de conciertos, se mantiene la idea generalizada de que tal o cual artista “no volverá más a chile”. en ciertos casos esto puede ser verdad como con radiohead o ac/dc, pero son casos bastante extremos.
    desde la frialdad el concierto te puede entregar una experiencia unica, pero no te quitará la música, que es el principal impulsor de tus ganas por estar alli en esa cancha vip que te hizo endeudarte en un arranque de “groupismo” fulminante. la música seguirá, te seguirá emocionando tanto como la primera vez que lo escuchaste, como te pasó con QOTSA por ej.
    la música queda, no importa el formato, algunos puristas se emocionaran con los vinilos, odiaran el mp3 de 128 kb, pero al fin y al cabo la música es la que te va generando emociones personales muy difíciles de describir, la que te trae incontables recuerdos, de los buenos y de los malos, la que a veces puede expresar aquello que quieres decir con cariño o que quieres liberar con furia.
    independiente que sea o no sea rock, la música siempre nos acompaña. desde el cassete pirateado y ultraregrabado, hasta la edicion de lujo aniversario de no se que cosa.
    lo esencial, aquella droga, es dificil de expulsarla de tu sistema.

    el arte de coleccionar discos quizás sea en algunos años como la filatelia, solo para freaks jajajaja. saludos.

  2. La bendita acción de escuchar un disco. Parecía ayer cuando íbamos al Eurocentro, a la Feria del Disco o, más atrás, a la Fusión y la Spec. Recuerdo el ‘Amused to Death’ de Roger Waters y sus introducciones que daban miedo pero, a la vez, era incapaz de apretar el botón de adelantar. O cuando se terminaba ‘Perfect Sense’ rogaba para que, ésta vez, durara un poco más.

    Esas pequeñas piezas constituían el alma del disco, la integridad que formaba ese todo por el que decenas de técnicos, ingenieros, productores, músicos y compositores trabajaban por meses y, a veces, años. ¿Cómo ignorar ese trabajo con el irrespetuoso botón de adelantar?

    Definitivamente concuerdo contigo. Escuchar música ya no es lo de antes. La industria cambió, el consumo cambió, la música se adaptó y el auditor formó costumbre. A tu emotivo texto le añadiría la nostalgia de la radio y de cómo la han ido relegando (definitivamente no me incluyo). La sorpresa de escuchar tu canción por 20° vez no es lo mismo que escucharla 2 veces en tu reproductor digital.

    La experiencia de escuchar un disco es impagable y escucharlo de noche, aún más. No perdamos nunca este viejo pero revitalizador ritual. Un abrazo.

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